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Breves aflicciones...

Ciertamente olvidarás tus pesares, o los recordarás como el agua que pasó.

Job 11:16 NVI



Muchos de quienes han tenido que afrontar desgracias y lo han hecho con una actitud sensible, receptiva y abierta al aprendizaje han concluido, después de hacer un balance reflexivo y desapasionado de lo vivido, que, a pesar de todo, han obtenido algún tipo de provecho de las desgracias experimentadas (Romanos 8:28).


En esto radica la convicción del apóstol al afirmar, con pleno conocimiento de causa (2 Corintios 11:23-29), que «…el sufrimiento produce perseverancia; la perseverancia, entereza de carácter; la entereza de carácter, esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda…» (Romanos 5:3-5). Santiago recomienda, incluso, considerarse: «…muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas» con la seguridad de que, al final la constancia producida por el sufrimiento «…debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada» (Santiago 1:2-4 y 1 Pedro 1:6-7). Sin embargo, en estos pasajes está implícito que cuanto más pronto y rápido se aprendan las lecciones derivadas de las desgracias, tanto mejor.


La aflicción no debe ser nunca el estado permanente para el ser humano, con mayor razón si ostenta la condición de creyente. En efecto, por provechosa que pueda llegar a ser, nadie desea permanecer mucho tiempo sumido en la desgracia. Después de todo, la vida es breve (Salmo 39:4-5; 78:39; Eclesiastés 6:12), razón de más para desear que las desgracias que debemos sortear en el curso de ella sean mucho más breves que la vida misma.


A causa de esto, Dios ha hecho arreglos para que las desgracias o el sufrimiento eventual más o menos merecido que los suyos tengan que padecer no se prolonguen de manera innecesaria en la vida de las personas (Isaías 26:20; 54:8). De hecho, el apóstol Pablo describe así, de manera expresa, la breve duración de los sufrimientos del creyente en contraste con la permanencia de las lecciones aprendidas: «Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento(2 Corintios 4:17).

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